Esperando a mi puerta

Foto de Mico Dimalanta en Unsplash Texto: Susana Aragón Fernández

Caminamos, como muchos días, y hoy brota un deseo, casi un capricho, un impulso que quizá haya brotado de la oscuridad de la noche: quiero aprender un poema de Lope de Vega y (¡albricias!) tú, que caminas conmigo cada día, te lo sabes y como a una niña empeñada en memorizarlo me lo vas recitando, me vas dando pistas durante todo el recorrido, cuando me atasco, hasta, por fin, llegar a aprenderlo. Lo escuchan el puente viejo de Burlada, el arbolito que planté hace años a sus orillas, las viejas casas del barrio de la Magdalena con sus peregrinos de paso hacia Santiago, el río Arga animado por los baños veraniegos y los paseantes y las murallas de la ciudad que la sujetan a su pasado y la animan a asomarse más allá.

¿Qué tengo yo que mi amistad procuras?

¿Qué interés se te sigue, Jesús mío

que a mi puerta, cubierto de rocío

pasas las noches del invierno oscuras?

¡Oh cuánto fueron mis entrañas duras

pues no te abrí! ¡Qué extraño desvarío

si de mi ingratitud el hielo frío

secó las llagas de tus plantas puras!

¡Cuántas veces el Ángel me decía

Alma, asómate ahora a la ventana

verás con cuánto amor llamar porfía!

¡Y cuántas, hermosura soberana,

Mañana le abriremos”, respondía

para lo mismo responder mañana.

¡Ya está memorizada! ¡Ya la llevo conmigo a todas partes! ¡Ya me acompaña la voz quebrada, emocionada de Javier al recitarla! La voz de este hombre conocedor del profundo sentido de ese esperar a la puerta, sin importar el frío, las excusas, la oscuridad. Ya me acompaña su voz ahogada por un llanto contenido que sabe de ingratitudes y distracciones y de la pérdida de tiempo y de vida en nuestras vidas. Y con todo… ahí sigues a mi puerta, cubierto de rocío, pasando las noches del invierno oscuras o sudando a pleno sol, aguantando el calor y la sed de los días del verano amarillos.

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