Me duele la cabeza, me duelen las rodillas, me duelen los labios

Fotografías y texto: Susana Aragón Fernández

Durante los meses de otoño y comienzos del invierno a Natasha cada día le dolía algo. No importaba que el ambiente fuera alegre, ni que nos envolviera una canción que podíamos bailar antes de bajar al recreo. Le dolía la cabeza. No importaba que llegara el momento del cuentacuentos: le dolían las rodillas. No importaba que estuviéramos aprendiendo las letras: le dolían los labios. Cada día, un dolor. Un dolor en su cuerpo pequeño de 6 años, en su cara redonda y tersa como una cereza. A veces, varios dolores en el mismo día.

Un día, quizá para distraerse de su dolor, cogió un folio y estuvo un rato dibujando. Cuando lo terminó me lo enseñó y me explicó qué había dibujado: un lugar delimitado por una línea gruesa negra marcaba una zona: su país, Rusia, desde hace meses en guerra. La mayor parte de la zona estaba cubierta por cruces negras “son los niños de Rusia que se están muriendo en la guerra”. Y en una esquina, a la izquierda, la única zona de color, seguramente su color favorito, el rosa, en ese pequeño espacio que se salva de las cruces y donde planea un corazón: “aquí están los niños que siguen vivos”. Recojo ese dibujo con el corazón encogido, con las manos culpables que alguna vez se han quejado de los dolores de Natasha “jo, siempre está quejándose de algo…” Recojo ese dibujo con las manos del cirujano que tiene ante sí un cuerpo herido, con las manos temblorosas que empiezan a mirar a esa niña con calma, compasión y amor.

Con el paso de los meses ya no habla de dolores y de sus manos salen jarrones de flores, mariposas y luciérnagas, buzones con mensajes cariñosos y barcos de papel en mares tranquilos.

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