¿Por qué me fui del pueblo de las costureras?

Foto: Valverde de la Vera Texto: Susana Aragón Fernández

Había una vez un pueblo que todos llamaban “El pueblo de las costureras”. Hasta tal punto se extendió esta manera de llamarle que ya nadie se preguntaba si tendría otro nombre. En ese pueblo todos se dedicaban a la costura. Al principio esa actividad era cosa de las mujeres del pueblo, de ahí la denominación. Pero con el paso de los años la costura se convirtió en la actividad principal.

Desde sus comienzos, estaban las costureras de primera línea: las que se dedicaban a recoger encargos que luego distribuían entre las costureras de segunda, tercera y cuarta línea. Todas cosían con una sonrisa en los labios, aplicadas al trabajo compartido, con calma y con ganas de hacer las cosas bien. Nadie criticaba a nadie y los días fluían tranquilos. No había mucho margen para la imaginación, pero lo principal era la armonía reinante.

Las costureras de primera línea eran muy conocidas por los demás pueblos de la región, a los que se trasladaban y contactaban con quienes tenían interés en cualquier labor que tuviera que ver con las labores de encajes y bordados. El resto de costureras vivía una existencia laboriosa y anónima. Nadie más allá de aquel pueblo conocía su existencia, menos aún sus nombres.

Noemí vivía alegre, cosiendo los encargos que traían cada semana. Esa actividad le permitía estar en el día a día de sus hijos, que crecían y jugueteaban cerca. Los veía, los conocía, descubría cuándo uno se iba a poner enfermo, cuándo otro necesitaba descanso, cuándo necesitaban darse un respiro y acercarse a jugar a las orillas del río. Los cuidaba y… seguía cosiendo. No le importaba que en su interior bulleran mil ideas de colores que luchaban por llegar a sus manos, mil sueños que esperaban su momento. No le importaba porque estaba donde quería estar, con sus hijos, aunque a veces sintiera como que sus alas se le iban recortando, como si su imaginación diera aldabonazos en una puerta, queriendo atravesarla.

Un día llegó un encargo especialmente creativo a “El pueblo de las costureras” y una de las de primera línea, con autoridad y muy apreciada por todos los lugares, pidió a Noemí que se dedicara a ello. Para Noemí suponía un reto, una manera de empezar a dejar salir a su imaginación aprisionada y se dedicó en cuerpo y alma a ese encargo, lleno de color y formas increíbles. Sin medir las horas, sin descansar, quitando horas al sueño, finalmente el encargo quedó fantástico. Mucha gente de otros pueblos valoró la creatividad de esa obra, mucha gente se maravilló. En cambio, las compañeras de toda la vida, las que siempre habían trabajado codo con codo y con la sonrisa en los labios, mostraron una extraña frialdad con Noemí y solo dijeron comentarios negativos y hasta despectivos de aquella obra especial: “Me parece que ha quedado un poco recargada”, “A mí, la verdad, no me gusta, me parece que tiene demasiado color”… Noemí se fue hundiendo y hundiendo en una playa de incomprensión: para una vez que hacía algo especial, algo que brotaba de su creatividad, se encontraba con ese contraste de gran valoración por todos los lugares menos en su pueblo. “Nadie es profeta en su tierra”, le dijo un día un gran amigo.

A unos cuantos kilómetros de allí estaba “El pueblo del ganchillo creativo”. En este pueblo todos los días se reunían en el frontón los lugareños aficionados al ganchillo y realizaban alegres creaciones coloridas y vistosas para decorar la torre del Ayuntamiento, los troncos de los tilos de la arboleda, las farolas de la plaza… No tenían encargos, simplemente dejaban volar su imaginación: de sus sueños a sus manos y de sus manos a las lanas multicolores. En este pueblo se gobernaban con la máxima “Vive y deja vivir” y así, nadie estaba obligado a hacer aquello que no quería, nadie estaba obligado a participar en las labores de ganchillo, quien quería secundaba las iniciativas y quien no quería, se dedicaba a otros asuntos.

Noemí pasó mucho tiempo con el sueño afectado, con un nubarrón de decepción en su interior que le hacía continuar con sus actividades en “El pueblo de las costureras”, pero ahora solo por cumplir, sin alegría… No entendía qué había pasado. “Envidia”, le decían algunas voces amigas. Finalmente recogió todas sus cosas, dejó atrás su pueblo y buscó una nueva vida en “El pueblo del ganchillo creativo”. Allí encontró su sitio, recuperó la inspiración, y la alegría en el día a día. De sus manos salen maravillas que brotan de un pozo de agua profunda y transparente. Ha vuelto el sueño tranquilo a sus noches y la alegría en cada momento.

Ahora piensa en ese sentimiento negativo, la envidia, que un día tanto daño le hizo y se sorprende agradeciéndole el empujón que le dio hacia una vida mejor.

Nadie es profeta en su tierra” y además ni falta que hace.

Foto: Lovely things by Pitusa

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